Dios (perdón, ¿Quién?) creó a este mundo (o Longobardía, o como se llama, o como lo llamen ustedes) y salpicó de manchas blancas al cielo. El mundo, como ente propio, hecho y… ¿derecho?, desde el que estoy escribiendo yo, se llenó de Longobardianos (o “personas” según se llaman ellos desde su desconocimiento y su naturaleza sedentaria, en lo relativo a la inmensidad de misterios por descubrir que plagan su vida cotidiana). Criaturas que, en fin, no saben lo poco que saben. No saben nada. Yo mismo estoy incluido en éste puñado de seres. Yo mismo no sé nada… Incluso no sé si no sé nada.
El asunto es que, no podría asegurar cuando (probablemente en aquellas épocas en las que mis parientes pretendían empezar a acomodar las fichas de lo que yo y los que fueron los míos conocíamos como la scala di invidia en italiano, y aquí simplemente se llama “sociedad”), el Longobardiano crea a Dios; porque notó, en un descuido de su liviandad existencial diaria, que había muerto, y se empezaba a sentir incómodo y absurdo entre las cosas que sí existen. Éste es un Dios nuevo, no creó absolutamente nada en el Universo y entiende aún menos cosas que nosotros los Longobardianos; pero es naturalmente NUESTRO, una parte innegable de nosotros y de nuestro culto al ego, asique algunos le tomaron mucho cariño y el muy apuesto tiene miles y millones de seguidores que hacen depender cuestiones asociadas a su bienestar personal y el de su círculo de conocidos… casi como si “Él” pudiera solucionarlas -o le agradecen las soluciones, casi como si “Él” hubiera efectivamente intervenido-. El muy apuesto tiene ahora estampillas propias, cadenitas decora-cuellos y hasta edificios para adorarlo y charlar un rato (simbólicamente, ¿qué creen?… así de extraños y freaks somos nosotros).
Como se podrán imaginar, Longobardianos jóvenes (¡No, si yo también soy joven! Es que he viajado mucho… tal vez), crear al muchacho fue una labor por demás difícil. Llevó “años” y, para encontrar consenso y validar su título como profesional de la santidad universal, incluso provocó algunas de esas ridiculeces que nosotros conocemos como “guerras”. O sea, personas contra personas por un invento de las personas. Las guerras, más ridículamente todavía, terminan justificándose por sí mismas y el Longobardiano, ingenuamente orgulloso, las parodia en rollos de “películas”. De allí salieron expresiones del tipo de:
“Adoro el olor a pólvora”; yo adoro ver amanecer sobre el mar. Bebal.
“La vida por la patria”; ¡Vamos, hubieses amado a cualquiera sobre la que hubieras nacido, es casi azaroso el hecho de que estés defendiendo a una en particular! En cambio, ¿Te arriesgarías a dejar a su suerte a tu mamá, que se hinchó como un sapo por tu culpa y luego te dio a luz? ¿La que después te crió y te cobijó bajo sus alas hasta darte libertad? Egoísta. Bebal.
PERDÓN, no me quiero ir por las ramas, porque precisamente estaba colgado a una de ellas (la de un árbol aleatorio… pero lleno de hormigas) cuando vi lo que sucedió, y me empecé a reír tanto que me mandé una macana. No me oriné.
Estaban cientos de miles de Longobardianos atareados creando su “fe”. Los vi reforzarle mucho sus pies, sus cimientos, porque claro, serían el target de la razón y la ciencia un tiempo después. Y fue cuando estos soberbios de su ignorancia primitiva estaban llenando al galán de rasgos negativos (porque fue planeado “a imagen y semejanza del hombre”… igual, no incluyeron demasiados. Ja. Ja.) que se salió, entre las bolitas de mugre del bolsillo izquierdo del pantalón de vestir de un periodista de una cadena conservadora, una bolita marrón. Inquieta, iluminada, llena de vida. Reí tanto por lo absurdo de la cuestión, que me caí y fui a parar -de igualmente absurda manera- adentro de la bolita.
El lugar en cuestión era rarísimo, por lo menos en ese entonces. Hoy daría lo que fuera por no haber muerto… otra vez.
Era un pueblito, o una constelación, o un conjunto de lugares raros y exóticos. Hoy Longobardía me parece raro y exótico. Espeluznante.
-“Deep Hipilossa”- me puso al tanto el primer aldeano que me encontré allí. Ciertamente, después consideré la posibilidad de que el hipilosso me haya querido decir otra cosa y no el nombre del lugar; porque, durante toda mi larguísima y fructífera estadía en esas tierras, sólo eso les escuché decir. “Deep Hipilossa”.
Como buen longobardiano, fui perseguido y hostigado, básicamente por traer el mal en mis espaldas, por mi propia condición innata e inalterable. En aquel momento me resultó despiadada esa actitud hacia mi -supuestamente- inocente persona, pero con el trascurrir del tiempo entendí que había mucho de cierto en eso (buenos, buenos y sabios son los hipilossos). ¿Acaso dije que era mi mal inalterable? Mis disculpas, había una solución. Me obligaron a morir y resucitar en público -metamorfoseándome hacia la forma de hipilosso, por supuesto-, como único modo para ser integrado. Acepté, ¡qué va! y viví toda una vida en Deep Hipilossa. Al morir, como suele suceder, regresé. Aunque aquí en Longobardía lo más probable es que no me haya ausentado más de un día.
Durante éste camino experimenté todo el amplio espectro de posibilidades de una auténtica existencia, ¡si supieran ustedes! Buena parte de las cosas que allí vi, oí y protagonicé son dignas de ser contadas. Características, situaciones, contrastes, “hechos”, son algunos de los caracteres que iré escribiendo en éstas crónicas de Deep Hipilossa. Me gusta hablar de los presentes textos como una “gran crónica”. No como una historia: desde que escuché aquí en Longobardía que “la historia la escriben los que ganan”… yo me bajé de ese tren. ¡Por favor! Yo no gané nada…